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Quizá en algún momento hayas escuchado hablar sobre la importancia de ponerte en los zapatos del otro, o de mirar el mundo a través de sus ojos, es decir, de la empatía.

Desde hace tiempo, me ha interesado este tema y en particular, cómo afecta la relación entre el profesional de la salud y el paciente y los resultados en el tratamiento. En un artículo que escribí para LinkedIn, me referí a la manera en cómo la empatía puede reducir los errores médicos, los resultados de los pacientes, y el sentido de felicidad y propósito en los primeros; así como una mejor relación entre éstos y los segundos. Tener empatía, permite también a los profesionales de la salud, sufrir menos Burnout o desgaste profesional.

Pero ser empáticos, no quiere decir que tengamos que asumir los problemas del otro como propios, pues ello nos restaría objetividad ¿cierto? Incluso, pondría en riesgo nuestras habilidades para ver lo que el otro no ve. Es por ello, que resulta necesario mantener unos límites saludables entre lo que es la problemática de la otra persona y la propia. 

Reconocer estos límites es necesario para mantener nuestra salud mental y es un requisito indispensable para no “quemarnos”: imagínate un profesional de la salud que hace propios todos y cada uno de los problemas de sus pacientes.

Tener empatía en realidad significa, poder ver los problemas del otro desde la compasión, es decir, tener la habilidad para entender el estado emocional de la otra persona, pero sin ser parte de él. 

¿Cómo desarrollar tu empatía en forma saludable? Seas o no profesional de la salud, estas recomendaciones pueden ayudarte:

  1. Si has estado con una persona que se siente triste o enojada por alguna razón, y después de estar con ella empiezas a sentirte de la misma manera, date cuenta y reconoce que esa emoción le corresponde a la otra persona
  2. Si tu trabajo implica escuchar las problemáticas de otras personas – por ejemplo si trabajas en consejería o atención a clientes – date un respiro, toma distancia tanto física como emocional y vuelve a tu lugar
  3. Reconoce tus puntos vulnerables. Todos tenemos un punto (o varios) en el que convergen nuestras angustias y tensiones, es decir, una parte física de nuestro cuerpo como la cabeza, la espalda, el estómago, o cualquier otro. Una vez que tengas identificado el tuyo, concéntrate en esa área y realiza ejercicios para relajarla. Así evitarás que el estrés se acumule en dicho punto.

 

Quien soy y por qué deberías consultarme

Soy Psicóloga Clínica, Maestra en Comunicación, con Especialidad en Terapia Cognitivo Conductual y Entrenamiento en Bio y Neurofeedback. Trabajo con empresas y atiendo mi consulta privada. Me he enfocado en los últimos años (2010) al estrés, la ansiedad y la depresión, pero también a ayudar a las personas a desarrollar su resiliencia frente a estos temas

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